radar meteorológico

Radar que se utiliza con fines meteorológicos. El término RADAR es un acrónimo de la expresión inglesa RAdio Detecting And Ranging (detección y localización por radio). Si bien empezó a expresarse con su sigla en mayúsculas, fue integrándose en el lenguaje como una palabra más (radar), de manera similar a como está pasando con DANA (dana). Este instrumento empezó a utilizarse con fines bélicos durante la Segunda Guerra Mundial, tras haber sido desarrollado los años previos, gracias a las aportaciones de científicos e ingenieros de distintas nacionalidades. Los aviones militares empezaron a llevar instalados radares que, aparte de localizar las posiciones de las aeronaves enemigas, detectaban también señales procedentes de meteoros presentes en el aire. Finalizada la contienda militar, algunos científicos que trabajaban para las Fuerzas Armadas de EE UU comenzaron a desarrollar las posibles aplicaciones civiles de aquellas señales de radar. Fue a partir de la década de 1970 cuando comenzaron a establecerse las primeras redes de radares, mantenidas por los distintos Servicios Meteorológicos. Con el paso de los años, los radares meteorológicos se fueron modernizando, permitiendo la obtención de una visión tridimensional de los elementos precipitantes presentes en la atmósfera. Algunos dispositivos también permiten deducir la velocidad de desplazamiento de las gotas y los granizos con respecto a la posición fija del radar (radar Doppler). El radar es un instrumento que, a través de una antena giratoria, emite pulsos de microondas en todas las direcciones, para lo cual efectúa una serie de barridos a distintas alturas, cubriendo los 360º alrededor suyo. Trabaja en un rango de longitudes de onda de entre 1 y 30 cm. La señal emitida (un estrecho haz de las citadas microondas) se transmite con una potencia de varios megavatios, mediante una sucesión de pulsos separados entre sí unos pocos microsegundos. A medida que esos haces interceptan gotas y granizos en su recorrido atmosférico, se dispersan en todas las direcciones, volviendo hacia el radar una fracción de los mismos, que es captada mediante un receptor. El tiempo trascurrido entre la emisión y recepción de cada pulso, permite saber la distancia a la que se encuentran los blancos. La información obtenida, procedente de todas las señales de retorno interceptadas por el instrumento, se procesa y convierte en imágenes que permiten visualizar la distribución espacial -alrededor de la posición del radar- de las zonas generadoras de ecos. El radar no mide directamente la intensidad de la precipitación, aunque dichas imágenes inviten a pensar en ello. A menudo se generan falsos ecos que los predictores deben saber discernir. Las fuentes de error pueden ser de lo más variadas: desde fallos en la calibración del aparato, hasta la presencia de obstáculos (a pesar de que los radares suelen situarse en lugares elevados del terreno, con el horizonte limpio), o también sobreestimaciones de la precipitación en determinados ecos. En las imágenes de radar se emplea una escala de colores. Habitualmente, el azul y el verde se asignan a los ecos más débiles (correspondientes a gotas pequeñas) y el color rojo y el magenta a las señales de retorno más fuertes (granizos y las gotas grandes). Cada color representa un nivel de reflectividad, medidos todos ellos en decibelios (dBZ).